Lykke Li, como en la canción de Mari Trini, ya no es esa. La chica excéntrica que hacía pop con coartada artística, la artista nórdica que asomaba su excéntrica cabeza para hacernos saber que era algo más que la voz femenina que cantaba una parte de Young Folks. El segundo disco de Lykke Li nos la muestra en plena transición del pop electrónico a un pop concienzudamente primitivo. Recupera el sonido cavernícola de las Shangri-Las, ese tipo de canción que es casi un lamento de amor, y lo mezcla con los sonidos contemporáneos más sombríos, como los que hace Karin Dreijer en Fever Ray. Sólo que aquí la melodía pop está por encima de todo, incluso de las potentes percusiones, aunque el envoltorio no sea siempre colorista. Un cambio de piel que comenzó con el fin de una relación amorosa y ha terminado materializándose en un interesante y sorprendente álbum.
Wounded Rhymes está editado por Warner
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