DESDE LA TAQUILLA DE AJO

Conozco a Ajo de cuando unos gustos musicales demasiado estridentes te mandaban directamente al limbo de la incomprensión. Hoy, cuando todo el mundo tiene a su alcance un doctorado en cualquier tema musical gracias a Google, quizá la frase anterior suene a idiotez, pero hubo una época bastante cercana en que ciertas cosas no eran tan fáciles. Ajo proviene de la dimensión de lo atípico y lo intransferible,  es decir, lo que dice y cómo lo dice resulta cautivador. Lo que hacía Ajo por aquel entonces, mediados de los 90, tampoco era fácil de digerir para los neófitos, y menos aún para quien pensase que el rock alternativo terminaba con Stone Temple Pilots. Ella estaba en Mil Dolores Pequeños con otros dos héroes anónimos, Javier Colis (un guitarrista de estilo suicida, así que nunca le veremos en las listas de los ases de dicho instrumento, aunque se lo merezca) y Javier Piñango (que, como un servidor, ejercía de pobrecito hablador, sobre artistas y grupos radicales en la prensa musical española). Ni qué decir tiene que la música de Mil Dolores Pequeños, así como las apuestas que también hacían desde su sello Por Caridad Producciones, pasaron más bien inadvertidas, por no decir despreciadas. Sólo cuando musicaron De la piel p’adentro mando yo, un texto de Antonio Escohotado que abogaba por la libertad para consumir lo que uno quiera, obtuvieron cierto reconocimiento, porque  ya se sabe que los españoles somos especialmente sensibles a todo aquello relativo al cachondeo y el colocón. Una vez disuelto Mil Dolores Pequeños y cancelada la aventura de Por Caridad, Ajo escogió el camino de la micropoesía y comenzó a espolvorear el aire madrileño con greguerías en forma de polen poético que son como picaduras que producen el placer indescriptible de lo breve. Uno de sus poemas largos acabó convertido en letra de canción, en este caso de una de las canciones más exitosas de Fangoria, Retorciendo palabras. Lo que nació como exorcismo de una dura experiencia personal acabó transformado en una de esas canciones que cantan miles de personas, perpetuando y transformando a la vez un significado que se estira hasta el infinito. Para entonces Ajo publicaba el primero de sus libros (acaba de salir el tercero, Micropoemas 3, Editorial Arrebato), que con el tiempo ha llegado a ser también un hit a su manera. Y se convirtió definitivamente en micropoetisa, aliándose con diferentes músicos (Mastretta, Corcobado, Telefunken, Julieta Venegas…), para sus recitales en Barcelona, Valencia, Bilbao, Montevideo, México D.F… Sus transgresiones parecen gustar cada vez más al estatus quo cultural, pero Ajo sigue fiel a sí misma, única y a lo suyo. El 2 de junio inaugura la exposición fotográfica Bello Público en Madrid (hasta el 31 de julio en el centro de creación Matadero de Madrid, Paseo de la Chopera 14). Una obra creada casi como un hobby, entre 1999 y 2001, cuando trabajaba de taquillera en el Teatro Alfil.  Desde su privilegiada posición fotografió a docenas de personajes de todo tipo, artistas en su mayoría, que se asomaban a la taquilla para ver algunos de los espectáculos escénicos más interesantes que se han estrenado en la ciudad. Ahí está también la mirada de Ajo, expresada con imágenes en lugar de palabras, aunque hay muchas similitudes entre sus fotos y sus textos, y que al final acaban hablándonos de ella, de Ajo, la sacerdotisa rebelde que altera la realidad para que veamos lo que ésta podría llegar a ser.

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