Leyendo una entrevista con Kate Bush en la entrevista inglesa MOJO disfruto, una vez más al ver cómo los ingleses respetan y reverencian a los artistas pop que no siguen al rebaño y reivindican la libertad de ser cómo quieren, fieles a su arte y fieles a sí mismos aunque el mundo refunfuñe y se ría de ellos. Kate Bush triunfó por todo lo alto con 17 años y rápidamente se dio cuenta de que quería tener control sobre sus creaciones. A partir de ahí fue haciendo cada vez más lo que ella quería como ella quería,
logrando mantener su perfil comercial aunque las ventas no fueran siempre las esperadas. Kate Bush es venerada por el público inglés, que acoge sus creaciones siempre con respeto. Pienso en la cantidad de artistas pop inglesas surgidas en los últimos años, Alison Goldfrapp, Bat For Lashes, Florence Welch, Marina & The Diamonds, que siguen ese camino. Se visten como quieren y actúan según se sienten. Funcionan con otros códigos y aún así se las arreglan para darnos canciones que brillan en el universo oficial del pop. Su excentricidad es real, es algo que llevan dentro y su obra así lo expresa. Una actitud vital que contrasta con Lady Gaga y su ansiedad por enseñarle al mundo lo rara que es. Dime de qué presumes y te diré de qué careces.
Hablamos de mujeres, pero la excentricidad británica es unisex. Cuenta con importantes abanderados masculinos llamados Syd Barrett, Kevin Ayers, Julian Cope, Andy Partridge, Gruff Rhys, Patrick Wolf. Han dejado su marca en la música pop con canciones que trastocan los moldes, comportándose como si lo que ocurre en esta dimensión nuestra no acabara de interesarles lo suficiente. En Diarios de bicicleta, David Byrne elogia la tolerancia de los británicos hacia sus excéntricos cuando habla del prestigioso y premiado ceramista Grayson Perry, que posa ante las cámaras travestido, acompañado de su mujer y su hija, que también se ven cómodas ante la situación. “En otro lugar, gente como esta sería desdichada, humillada y maltratada”, apunta Byrne con toda la razón. Mejor no imaginar a esa misma familia viviendo en España, país donde la incapacidad de lidiar con todo aquello que nos resulta ha extraño ha conseguido fabricar el repelente vocablo friqui, que sirve lo mismo para calificar a cualquier infraser televisivo como a un artista con una apariencia o comportamiento poco convencional. Es decir, si Dalí hubiese nacido hace treinta años, ahora sería un friqui en lugar de un genio. Así que mejor volvamos a Inglaterra y pensemos en Kate Bush, rehaciendo canciones de dos viejos discos que sentía que nunca le representaban. Negándose a actuar en directo porque su perfeccionismo la deja exhausta. Volvamos a esos héroes de sus propias batallas. Artistas que disfrutan la vida pero no entienden porqué tienen que vivirla en un mundo que les resulta tan poco simpático.
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