Los clips de St. Vincent, al menos lo últimos, parecen buscar el desasosiego del espectador. Cheerleader logra de nuevo dicho objetivo. Conseguir dicho efecto con un rostro como el de Annie Clarke, lo suficientemente angelical como para que repetirlo una y otra vez nunca resulte un tópico, no es difícil. Y ella se presta, al igual que su música, a crear esa dualidad entre lo frágil y lo contundente, lo bello y lo horrendo, lo triste y lo irónico. Ahora la vemos convertida en colosal obra de arte viviente, en una especie de Gulliver atrapada en el museo. St. Vincent es toda una experta en protagonizar poderosas metáforas que complementan perfectamente su música.
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